D. y yo en la plaza mayor
(...) Pillamos unas latas y nos vamos a la Plaza Mayor de madrugada. Sus bares llevan horas cerrados, pero siempre dejan las terrazas montadas, con las sillas y mesas encadenadas como si fueran prisioneros de guerra para que nadie las robe. Así que le echamos morro y nos sentamos ahí mismo, como si estuviéramos en el inmenso patio de nuestro palacio. La Plaza Mayor, entera para nosotros. Aprovechamos ese momento que se escurre entre caladas y tragos de cerveza ya tibia, exprimimos el jugo rojo de las horas nocturnas, porque en unos días D. se vuelve a Londres y no sabe cuándo volverá.
—¿Te acuerdas de la última vez que fui a veros a Londres? —le digo, intentando desenredar un pensamiento—. Cuando llegamos al centro de la ciudad te dije: “Joder, está irreconocible”. Estaba todo lleno de franquicias de sushi, como el Wasabi ese, y oficinistas yendo de un lado a otro a toda pastilla, como en un hormiguero humano gigante… Ya no quedaba nada del centro de Londres que pareciera Londres.
—Sí. Y te respondí que yo no me había dado casi cuenta, porque llevaba viviendo allí cinco años —responde D.—. Lo vi mutar poco a poco, cada día…
—Te pregunté si creías que al centro de Madrid podría pasarle lo mismo. Y me dijiste que era imposible, porque el casco histórico era pequeño y estaba protegido.
—Sí, y que lo de Londres fue distinto: su centro antiguo se quemó casi por completo en un incendio. Perdió su valor y se reubicó…
—Eso era. Y mira el centro de Madrid ahora. Efectivamente no es un hervidero de oficinas y gente trajeada, es algo casi peor, es guirilandia, ya casi no quedan comercios de verdad, todo es un negocio atrapa-turistas.
—Los ricos les compran locales a sus hijos, hacen un estudio de mercado sobre qué puede tener más tirón y se plantan su monopoli personal. Que si Açai bowl, que si poke, que si pollas en vinagre...
—Mira, a un sitio de pollas en vinagre sí que iría...
—Con lo que ha sido Madrid... en esta misma plaza quemaban a gente viva en la Inquisición. Casi lo prefiero a lo que estamos viviendo.
—Ahora sólo se queman los guiris bajo el sol.
—En mi oficina en Londres los ingleses hablan de lo bonito que es Madrid y se lo recomiendan entre ellos. Se ha puesto de moda.
—Va a ir a peor, Madrid va a ser como Londres y ya no va a parecerse nada a ella misma. Tengo que dejar lo de alquilar la habitación a huéspedes. Soy cómplice, traigo a turistas...
—Estás sobreviviendo. No te culpes. Ahora es la única manera que tienes de mantener un alquiler en el centro.
—Soy una hipócrita...
—Que no. No te rayes.
Una mujer sin techo irrumpe en la plaza apestando a todo tipo de alcohol rancio, escoltada por dos chuchos de aspecto imposible. Les llama a gritos Lenin y Patata.
—¿Dirías que eres pesimista? —le pregunto— Nunca termino de pillarte. Me pareces por un lado pesimista y, por otro, locamente enamorado de la vida.
—Son compatibles.
—Sin embargo hay que asimilar que todo va a ir a peor, ¿no?
—Es posible… -se enciende otro cigarro- pero seguramente, y menos mal, estaremos muertos cuando todo esté tan mal que nos parezca insoportable.
—Por
eso hay que fumar mucho.
—Y beber. Vamos bien —alza la cerveza y la cajetilla ilustrada con un señor pálido que se muere en un hospital.
—Nos juramos que íbamos a dejar de fumar pero no hemos podido. O no hemos querido. A mí me gusta lo malo: fumar, los kitkats y dormir poco.
Y la mendiga canta coplas con una voz rota e histriónica, e insulta a sus perros, y les llama hijos, y luego hijos de puta, y añade “claro, porque la puta soy yo y soy vuestra madre”, y se ríe, y es triste y cómico al mismo tiempo, por eso de que toda tragedia con diez metros de distancia es una comedia, y hay literalmente más de diez metros entre ella y nosotros, y me pregunto quién fue de joven, si fue algún día como D. o como yo.
—¿Vamos a obviar que esa señora tiene dos perros a los que llama Lenin y Patata y que no cesa de decir barbaridades? —le digo, intentando no reír.
—Da pena, pero joder, es un esperrrrrrrrpento —y también contiene la risa, hasta que no podemos más y nos reímos sintiendo una culpa ciertamente inútil. Pero logramos que la señora no se dé cuenta.
—Todo va tan rápido, ¿verdad? —le dijo, mirando al cielo ahumado sobre nosotros.
—Mira Londres. Es que, además, no sabes cómo les ha jodido el Brexit, con todas las promesas rancias de hacer Inglaterra igual de "buena que antes", a lo Trump, cuando es un país lleno de inmigrantes, por ejemplo los indios, no te imaginas la cultura india que hay, y eso es riqueza, la inmigración es riqueza.
—Como que todo va muy rápido, pero parece que vamos hacia atrás.
—¿Otro piti?
—Eso siempre.
Mechero. Llama. Calada. Hemos arreglado el mundo.
Amanece. Refresca. Damos un paseo. La puerta del Sol se despierta hecha un asco, llena de vasos de plástico, envoltorios de patatas fritas y botellas. Los basureros barren la indecencia de la fiesta que acaba de expirar. D. aún no lo sabe, pero en un par de años vivirá justo ahí, y seremos vecinos, viviremos mil aventuras, y seguiremos hablando de lo mismo.

