Alas de sangre
Hay quien no sabe amar.
Sí, suena grande, perverso, acusatorio, "¡no sabes amar!", como si fuera el amor una sabiduría; es más bien una capacidad, y no tiene nada de místico la ausencia de ésta, es una patología neurológica, sin rodeos: hablo de psicópatas.
¿Qué hay en el corazón del hombre que no ama, sino la convicción falaz de que sí alcanza la dimensión del amor?
Como clamaba Calígula en la obra homónima de Albert Camus, y parafraseo, "cuando necesito algo a lo que agarrarme cuando he perdido toda esperanza, ahí está mi razón de vivir: el desprecio".
Cómo envidio los corazones ennegrecidos, ajenos a la culpa -y confundirán culpa con miedo, miedo a las consecuencias de sus actos-. Ojalá que no doliera todo tanto, ojalá me importara lo ajeno tres pares de narices. Y esto no es un alarde de bondad, siempre son los menos buenos quienes más claman serlo, es más bien abrir la puerta de una fragilidad secreta, un ala partida -hay gotas de sangre sobre las blancas plumas-.
Estoy escribiendo una novela que sabe dios cuándo acabaré (me empeño en que no depende de mí cuándo hacerlo, qué gozada autocomplaciente) escribí una reflexión que hacía el protagonista sobre un pedófilo con el que había tenido la desventura de toparse:
(...) emplean su tiempo libre en viajar al infierno. Y su cerebro acaba siendo un hervidero de mierda que ellos mismos ven normal. Y cultivan flores negras en jardines de espinos que riegan con sangre. Orinan en lagos de peces dorados. Buscan al diablo y le besan los pies y le piden más y más. Porque han admitido su naturaleza. La han integrado dentro de sí. Abrazan lo que son, porque si no sólo quedaría su propia muerte. Y, rendidos ante la aceptación de que no hay vuelta atrás, sacrifican al prójimo en pos de un placer breve, porque esa es la única vía que conocen para alcanzar su cielo.
El desprecio por la vida, por los otros, por las cosas pequeñas (como si hubiera cosas pequeñas en la vida, siquiera medianas; todo es inmenso, la grandeza ulterior no es una cuestión de tamaño, devorar una tarta de fresa puede valer más que diez malgastados años) en definitiva, el desprecio por lo que es ligero, como si ellos fueran merecedores de algo superior, es decir, de una sangre furtiva y jamás propia.
No lo han entendido. La vida es ligera. De esto se trata; no han entendido la vida, y los demás tampoco, pero es que ellos la han malentendido (es el plomo humano lo que hunde la esperanza, lo que enturbia las aguas cristalinas de un posible equilibrio, y eso mismo son).
La potestad de imperar sobre el cuerpo ajeno, como tantos emperadores, guerreros, fascistas, empresarios, hijos de puta en definitiva.

Esta foto. La saqué en un parque recóndito de Dublín un verano que me suena más lejano que si me dijeras "el Medievo". Representación de una inocencia almibarada, los juguetes y maravillosos trastos coloridos dejados al aire libre en un barrio en el que, se sabe, nadie va a robarlos, para al día siguiente jugar y jugar y soñar y soñar y volar y volar y ¡mierda! crecer y crecer...
Sólo nos salvará del mal preservar toda inocencia.
Sí, suena grande, perverso, acusatorio, "¡no sabes amar!", como si fuera el amor una sabiduría; es más bien una capacidad, y no tiene nada de místico la ausencia de ésta, es una patología neurológica, sin rodeos: hablo de psicópatas.
¿Qué hay en el corazón del hombre que no ama, sino la convicción falaz de que sí alcanza la dimensión del amor?
Como clamaba Calígula en la obra homónima de Albert Camus, y parafraseo, "cuando necesito algo a lo que agarrarme cuando he perdido toda esperanza, ahí está mi razón de vivir: el desprecio".
Cómo envidio los corazones ennegrecidos, ajenos a la culpa -y confundirán culpa con miedo, miedo a las consecuencias de sus actos-. Ojalá que no doliera todo tanto, ojalá me importara lo ajeno tres pares de narices. Y esto no es un alarde de bondad, siempre son los menos buenos quienes más claman serlo, es más bien abrir la puerta de una fragilidad secreta, un ala partida -hay gotas de sangre sobre las blancas plumas-.
Estoy escribiendo una novela que sabe dios cuándo acabaré (me empeño en que no depende de mí cuándo hacerlo, qué gozada autocomplaciente) escribí una reflexión que hacía el protagonista sobre un pedófilo con el que había tenido la desventura de toparse:
(...) emplean su tiempo libre en viajar al infierno. Y su cerebro acaba siendo un hervidero de mierda que ellos mismos ven normal. Y cultivan flores negras en jardines de espinos que riegan con sangre. Orinan en lagos de peces dorados. Buscan al diablo y le besan los pies y le piden más y más. Porque han admitido su naturaleza. La han integrado dentro de sí. Abrazan lo que son, porque si no sólo quedaría su propia muerte. Y, rendidos ante la aceptación de que no hay vuelta atrás, sacrifican al prójimo en pos de un placer breve, porque esa es la única vía que conocen para alcanzar su cielo.
El desprecio por la vida, por los otros, por las cosas pequeñas (como si hubiera cosas pequeñas en la vida, siquiera medianas; todo es inmenso, la grandeza ulterior no es una cuestión de tamaño, devorar una tarta de fresa puede valer más que diez malgastados años) en definitiva, el desprecio por lo que es ligero, como si ellos fueran merecedores de algo superior, es decir, de una sangre furtiva y jamás propia.
No lo han entendido. La vida es ligera. De esto se trata; no han entendido la vida, y los demás tampoco, pero es que ellos la han malentendido (es el plomo humano lo que hunde la esperanza, lo que enturbia las aguas cristalinas de un posible equilibrio, y eso mismo son).
La potestad de imperar sobre el cuerpo ajeno, como tantos emperadores, guerreros, fascistas, empresarios, hijos de puta en definitiva.

Esta foto. La saqué en un parque recóndito de Dublín un verano que me suena más lejano que si me dijeras "el Medievo". Representación de una inocencia almibarada, los juguetes y maravillosos trastos coloridos dejados al aire libre en un barrio en el que, se sabe, nadie va a robarlos, para al día siguiente jugar y jugar y soñar y soñar y volar y volar y ¡mierda! crecer y crecer...
Sólo nos salvará del mal preservar toda inocencia.