tell it like it is
Kathy Acker, tu "aborto en la escuela" ha desatornillado mi cabeza, no hay explicación para la inmoralidad e hiciste bien en no dársela, en agarrar la pluma ausente de culpa y sangrar tinta, y he de confesarte que me he enamorado de tus novios —aparte de haberme enamorado de ti—. Yo también tendría un novio como Peter Wollen en aquel Nueva York de los 70.
"Todo tiempo pasado fue mejor" y blablablá y qué pereza anclarse a romantizar eras muertas, y todo ensalzamiento de otro tiempo es pasar por encima de la memoria de los oprimidos de dicho tiempo, ¿pero qué quedaría de mí sin la idealización? Una mundanidad insoportable.
He tenido que volver a Alfonsina Storni, a buscarla al fondo del mar, flechada en el pecho del mismo mal impronunciable que Kathy, en busca de la caricia violenta de un lirismo. Los buenos escritores ¿deben darnos una buena paliza o una buena caricia?
Sarah Kane era un golpe a golpe —porque así, ya sabemos, se hace el verso—. Su Fedra me rompió las costillas y vivo con su fractura soterrada en la piel. Me partió los huesos no sólo su obra, sino su vida, que fueron lo mismo. Quienes no son de este mundo lo abandonan siempre jóvenes, a tiempo. Ojalá hubieran encontrado una cura, pero ante un alma terminal en este reino sin piedades respetemos la decisión de la partida.
La obra de arte como belleza batallante ha quedado reducida a un grito en la oscuridad, o a venderse en Instagram, aesthetic y con musiquita amable.
Me gustaría que no fuera así. Pero yo sólo lo cuento como es. I tell it like it is.
¿Y qué nos queda? Bien. El plan es el siguiente. Es el de siempre. Aislarme del mundo. Escribir en mi cripta. Leer sin pausa. Y por la noche salir, volar, beber, arrojarse, que empiece la vida, que empiece el delirio, que se acabe el mundo.


