Dolce vita
Si España se hubiera amado a sí misma como lo hace Italia habríamos tenido un Antonioni, un Rossellini, un Fellini; no me malinterpretéis, Berlanga, amado Buñuel, Saura, habéis sido sublimes, nuestros ángeles exterminadores del siglo XX, ni siquiera pienso que Fellini os haga sombra, pero aquel cine italiano celebraba Italia tanto como lo hace hoy el de Sorrentino, brillante imitador; y dime, ¿quién se ha atrevido a celebrar España, aparte de los tenebrosos fascistas, que no hacen sino celebrar su vana idea de este país, su estrecho y castrado mundo? Dime un solo director de derechas memorable, con sensibilidad y magnetismo.
En nuestra querida España, esta España mía, esta España nuestra como cantaba Cecilia, parece que en el cine de autor sólo nos queda hueco para hablar del dolor de lo perdido, hablar de la división que perpetúa la enemistad con el vecino, hablar de los malhablados, hablar con palabrotas, contar nuestra decadencia, nuestra tristeza, ¿quién le haría una oda a España como Fellini le hizo a Italia con su cine, en el que incluso la decadencia, la melancolía, están a la altura de su magnanimidad?
Alice Rohrwacher es para mí la mejor directora italiana de la actualidad y también retrata con enigma y amor su país, su patrimonio cultural. Aquí le escupimos en la cara al que se atreva a celebrar la grandeza de España, y tal vez con razón, demasiado trauma, demasiado crimen sin castigo, los aguiluchos se han quedado con el nombre de España, la han meado en la cara, la han lacerado con sus manazas de oscurantismo, el nombre de mi querido país se ha quedado atrapado en las bocas sucias de los que no aman nada que se salga de su idea de España, y en realidad ni pueden amar a España porque no la conocen. Me siento huérfana de artistas y referentes que se deleiten con este país, que se atrevan a hacer una película que se dedique a desmayarse ante nuestra belleza, sin contenido político y que tampoco sea un drama, una "Dolce Vita" española, vaya, ¡ay! sé que pido lo que pediría una burguesa "sin ser nada de eso yo".
Fellini era un digno machista de su tiempo, pero como diría Manuela Trasobares,
"(...) aparte de todo esto, soy una persona que adora la estética; me encanta Rubens, me encanta el barroquismo, qué bonito esas figuras, qué bonito esos dorados, ¿por qué no la mujer vestirse de toda su lujuria?"
Hay machismos en Fellini repulsivos, pero también una oda a la mujer y su brillantez, como feminista me jode reconocer que a nivel estético son compatibles, y hasta aquí mi alegato a este respecto. Porque celebro a Fellini como él celebraba Italia, sin hundirse en sus errores.
La música italiana entre los 50/70, igual que su cine de dicha época, me hechiza y es una piedra angular de mi vida, Mina, Gino Paoli, Iva Zanicchi, Raffaella Carrá, Adriano Celentano, incluso el cursi de Umberto Tozzi, y las películas de Antonioni, Bertolucci, hasta el maravilloso Pasolini denotaba su amor por Italia, su folclore, su gente y su cultura aunque fuera un revolucionario, soñaba con una Italia mejor porque amaba Italia, su propio país era el germen de su inspiración y de su lucha, ¿por qué ya no quedan artistas así? Todos a merced del algoritmo y del qué dirán, ¿qué puede crearse así que sea digno de pasar a la historia? ¿Dónde están las vanguardias de hoy?
Pienso en la decadencia de nuestro tiempo y me doy cuenta de lo española, muy española que soy, mirando mi país con una sonrisa torcida, ¿cómo celebraría España en una película, si lo que estoy es enfadada? Enfadada con la pésima gestión de la vivienda, de la sanidad, enfadada con la corrupción y la decadencia cultural, y en realidad Fellini habría tenido muchas razones para estar enfadado con la Italia de su tiempo, pero se dejó mecer por la dolce vita, esa vida dulce y la belleza, el placer y la noche atravesada por descapotables, las mujeres bellas, la bebida, qué más da el resto del mundo, de la gente, ¿no? Estamos en Roma, estamos en Roma, besemos el empedrado, bañémonos en la Fontana di Trevi, pidamos un deseo, muramos en paz.
