Pequeño prólogo: Qué difícil es escribir, es increíble, y más cuando se parte, como es mi caso aquí, de un torbellino de ideas que se entremezclan. Estaba subiendo con mi perra Greca en el ascensor a la vuelta de un acalorado paseo -Madrid es un horno de leña- cuando me ha saltado en Spotify la maravillosa canción Delilah de QUEEN, mi canción favorita del grupo, ¿por qué es mi favorita? Sobre eso me han dado unas ganas locas de escribir, sobre por qué es mi favorita, y pensando en las razones se me han venido mil ideas más, y al salir del ascensor he sentido que vivía la escena de "El Resplandor" en la que el ascensor vomita un torrente de sangre. He entrado en casa, he dado de comer a mi perra y me he sentado con un café, eludiendo todas mis responsabilidades de trabajo, a escribir esto en este mi blog, mi revista personal donde soy editora única y puedo escribir lo que me dé la santa gana.
DELILAH
Freddie Mercury llegó a tener hasta nueve gatos en su mansión de Londres, pero su favorita era la que él mismo llamaba "la niña de sus ojos", Delilah, una gata tricolor (este tipo de ejemplares casi siempre son hembras, dato curioso) a la que dedicó una canción del último álbum de su banda QUEEN, cuando ya estaba gravemente enfermo, casi a modo de carta de amor y despedida a su amado animal. Dos de los componentes del grupo no estaban demasiado contentos con la idea de introducir en "Innuendo" una canción dedicada a lo que, para ellos, no era más que un simple gato, pero cedieron.
Freddie con Delilah
Delilah, Delilah
Oh, my, oh, my, oh, my, you're irresistible
You make me smile when I'm just about to cry
You bring me hope you make me laugh and I like it
You get away with murder so innocent
But when you throw a moody you're all claws and you bite
That's all right
No puedo fiarme de quien nunca ha amado a un animal.
Hay varias cosas que me hechizan de esta canción, creo que intentar explicarlas puede aniquilar la magia de mi embrujo, pero también "ordenar pensamientos", tarea que supone una aporía de lo etéreo, me ha ayudado siempre a comprender los tornados de mi mente.
Freddie Mercury es un icono, nada que no sepa el 99% de la población mundial. Le llevo adorando desde que tengo 12 años y mi madre lo ponía en casa, aunque aquello era más bien un subrayado de la existencia de su música en mi vida ya que por la propia radio sonaba cada día -crecí en el extrarradio donde hay que coger el coche para todo y la radio era la sintonía de acompañamiento eterna, Kiss FM, Onda Melodía blablabla). Solía poner los CD's de QUEEN en mi cuarto y bailar con mi hermana, recuerdo aquella tarde en la que bailamos en bucle como dos posesas "Living on my own". Pronto el mainstream hizo lo suyo y capitalizó la imagen de Mercury hasta casi caricaturizarle (lo siento, no he visto la película de Bohemian Rapsody ni pienso hacerlo). El capitalismo neoliberalista estropea todo lo que toca. Me pregunto si tal vez a Freddie le daba cierta paz no deberse a ser un icono delante de sus gatos y ser para ellos sólo un humano al que querer -y al que pedir comida manipulando con ronroneos-.
Cualquier gran icono visto de cerca es humano. Me preguntaré siempre si las grandes estrellas estaban destinadas a serlo o llegan ahí un poco de casualidad, ¿habría sido John Lennon alguien grande de no haber conocido jamás a Paul McCartney? En Freddie parece impensable que exista un mundo paralelo en el que no haya sido una estrella, con él me pasa lo mismo que con Madonna: tenía que ser. Y, sin embargo, pienso en su día a día cotidiano durante sus últimos años y me lleno de ternura, ya que solía dedicar casi enteramente el tiempo libre en su casa a sus gatos, a estar con ellos y disfrutar de su compañía. Y me doy cuenta de que preferiría mil veces tomar un té con Freddie en su casa rodeada de sus maravillosos gatitos que acompañarle de gira. Creo que él se encontraba a sí mismo de forma plena en el ámbito doméstico más que sobre un escenario.
La canción "Delilah" me cala los huesos porque es una declaración de amor preciosa, además a un gato, cosa poco vista en la música, y porque sé que a Freddie le dolía de forma inenarrable que pronto partiría de este mundo y dejaría a sus gatos huérfanos; también me hace llorar porque me recuerda sin remedio a mi amada gata Cocó. La echo muchísimo de menos. Cuando me independicé hace ya cinco años y medio tuve que dejarla atrás, se quedó en casa de mi madre, donde nació y creció. No podría nunca acostumbrarse a un piso en Madrid siendo que adora salir por la ventana al jardín, inspeccionar los setos de la urbanización, plantarse en las macetas de las jardineras a tomar el sol; también pienso en Nero, ya fallecido, y en lo mucho que le quise, lo mucho que echo de menos a ambos gatos -a uno por su muerte, al otro por su ausencia-, pienso en lo mucho que entiendo a Freddie y su amor por los animales, por los gatos. Los humanos juzgan, complican, hieren, pero los animales están en otro plano completamente convergente con el nuestro, pero sin entrar jamás en lo personal.
Escribiendo esto miro dormir a mi perra Greca a la que quiero con locura, a la que dedico casi mi vida entre paseos, cocinar su comida, atenderla, y en la compañía que me hace. No concibo mi vida sin ella, cuando me acababa de mudar a mi piso, Terebithia, sentía una soledad tan grande que era insoportable, y recordaba lo que era vivir con animales, recordaba a mi fallecida Bonny, a Pancho, perros con los que crecí, recordaba a mis gatos y lo entendía, "me falta una mitad, no entiendo la vida sin animales".
Cuando llego de visita a casa de mi madre lo primero que hago es correr al encuentro con Cocó, mi gatita carey tricolor; hace dieciséis años, una gata naranja callejera parió cuatro gatitos en nuestro jardín, tres naranjas y aquella bola negruzca, "mamá, te lo ruego, con este nos tenemos que quedar". Dimos dos y nos quedamos con Cocó y otro naranja al que llamamos Pizca, que por desgracia falleció a los cinco meses porque había nacido muy, muy enferma y no se pudo hacer nada. Las muertes de Pancho, Bonny (mis perros amados), las de Pizca y Nero (al que adoptamos un par de años después que a Cocó, o más bien nos adoptó él, porque apareció un día en nuestro jardín y ya no se fue nunca), se han llevado un trozo de mí. La pequeña vida de casa, lo que de verdad importa, tomar un té junto a la ventana, disfrutar de la mera compañía de un animal, no pretender nada, apagar el ego. Cuando voy a ver a mi madre unos días, con Greca, y estamos en el salón, mi madre se queda dormida como siempre viendo una peli, Greca también duerme, Cocó se sube al sofá conmigo, la acaricio, después me muerde jugando,
But when you throw a moody you're all claws and you bite
That's all right
y no necesito nada más. El mundo cotidiano es grandioso, dentro de mi casa cabe mi mundo, exploto de amor con los seres que quiero, me siento plena. ¿Quién era Freddie Mercury? Desde luego no sólo la estrella, también era un hombre que echaba la tarde rodeado de gatos y se sentía pleno. Pienso en Freddie y en lo triste que es pensar que ya está muerto, él y todos sus gatos, que lo que un día fue una vida se ha extinguido, y ahora en mi casa con mi perra en este mismo instante tengo el deber de valorar la suerte que tengo de vivir, de poder abrazarla, valorar este momento que lo es todo y pronto se consumirá, este breve paso mío por el mundo, esta intimidad que morirá conmigo cuando yo muera y no quedará en ninguna memoria, qué anónima es la vida de uno mismo que se entierra con nosotros. Aunque para siempre nos queden las canciones de Freddie, su gloria, su icono, su éxito, con él se han ido para siempre esos momentos secretos y cotidianos con sus gatos, con Delilah, que conformaban la realidad de su día a día.
Cocó
Freddie dejó casi toda su fortuna a sus gatos para que no les faltara de nada. Acabó sus días rodeado de ellos, organizando sus vidas para después de su partida. No sé qué fue de ellos, de Delilah, lo que si sé es que seguro que les faltó ya por siempre una mitad cuando murió Freddie, igual que todas mis mascotas se han llevado un trocito de mí con su partida.