Taylor Mountain
Angelica Liddell dijo en una entrevista que quería que Ted Bundy la decapitara para tener sexo con su cabeza. Es tal vez la única artista de este país que puede permitirse decir semejante barbaridad, y es por ello la más grande de todas. No imagino a nadie haciendo una declaración semejante en la mainstream Podimo sin desatar de inmediato el escarnio en internet, impulsado por esa misma pulsión colectiva que llevaba a las multitudes a presenciar ejecuciones públicas: la pulsión de señalar el error para abrazar un espejismo de superioridad moral. Esta declaración de Liddell ha pasado desapercibida porque los pocos que la escucharon no se ofendieron, pues buscan sus entrevistas porque la buscan a ella, remanso de brillantez en todo este fango de mediocridad. Lo importante no es si Angélica habla o no desde un masoquismo real: lo importante es que habla desde las entrañas de lo indecible. Y ese ha de ser el fin último del arte.
La literalidad es uno de los grandes enemigos de nuestro tiempo. Ya no hay espacio para la poética de lo grotesco. Tal vez ni siquiera hay lugar ya para la verdadera poesía.
Ted Bundy negó sus crímenes hasta que la silla eléctrica se volvió inminente. En ese entonces empezó a chantajear a la policía: ofrecía revelar el paradero de algunos cuerpos a cambio de demorar su ejecución. En uno de esos pactos con la policía Bundy confesó que varios cadáveres se hallaban en Taylor Mountain, una montaña de Washington. Eligió una preciosa colina poblada de cedros para tirar los cuerpos de sus víctimas. Muchas noches regresó a visitarlos mientras se descomponían. Imaginarle atravesando la espesa negrura de los árboles al encuentro con las muertas me resulta una imagen insoportable. Una escena imposible.
Sólo la amenaza de su propia muerte le obligó a reconocerse como monstruo. En la víspera de su ejecución, llegó a culpar a la pornografía de su sadismo.
Pero violaciones han existido siempre, señor Bundy. Jack el destripador ejerció mucho antes de la existencia de la pornografía, aunque ya entonces había burdeles en los que bullía la carne, ahorcamientos públicos, cadáveres famélicos a plena luz sobre el pavimento de Londres. ¿No es todo eso pornografía también? ¿La pornografía de la aniquilación? La masa se ha nutrido siempre de ese veneno. Del goce perverso de la tortura de nuestros semejantes, que no es sino el regocijo de estar a salvo.
Dicen que la mayoría de consumidores de true crime son mujeres porque buscan entender los patrones de conducta de los depredadores, aprender a reconocer señales de alerta y, en definitiva, prepararse mentalmente por si alguna vez se cruzan con alguien así. Pero es sólo una ilusión. Nada va a librarte de las garras de una bestia llegado el momento del acorralamiento. ¿No habrá en todos los consumidores de true crime un poco de ese regocijo de sentirse a salvo?
El hermanastro de Bundy contó que nunca notó nada raro en Ted hasta que un día, al despedirse de él en el aeropuerto porque éste tomaba un vuelo, percibió que cuando se volteó camino al avión se apoderaba de su rostro un gesto de horror que le petrificó. Esa misma noche mató a una chica.
Y negó haberla matado cuando le cazaron por fin. A ella y a todas las demás. Y digo yo: si decides ser una bestia, ten la decencia de reconocer tu salvajismo; de todos modos, es humano. Ten al menos la honradez de mirarte en el oscuro espejo del alma y ser capaz de decirte: sí, soy el monstruo que la sociedad intentó que no fuera. He fracasado. Al menos Angélica tiene la valentía de poner una costilla sobre la mesa. Bien podrían los sádicos aprender de ella.
Los monstruos nos fascinan porque se saltan las normas civiles que hemos pactado entre todos para convivir sin dañarnos. Son la prueba viva del horror que habita en la humanidad; son la muestra innegable de que somos capaces de lo peor. Cuando oímos que los vikingos en los asedios lanzaban bebés al aire para atravesarlos con sus espadas no damos crédito. Pero ahí está Bundy para recordarnos que todo horror es posible cuando hablamos de lo humano.
Uno de los hombres que presenció cómo freían vivo a Ted Bundy en la silla eléctrica salió después a las puertas de la Prisión Estatal de Florida, donde lo esperaba una multitud con pancartas que clamaban “¡BURN, BUNDY, BURN!”. Y les anunció que Bundy ya estaba muerto, dio la exclusiva envuelto en euforia, recibiendo vítores y aplausos. Está grabado. ¿Qué tenemos que decir de esa masa ávida de venganza que aplaude una muerte en nombre de la Justicia? Años más tarde, en el documental de Netflix "Las cintas de Bundy", ese mismo hombre confesó llorando que se arrepentía profundamente de haber celebrado la muerte de otro ser humano.
También la humanidad es capaz de tanta belleza. De tanto perdón.
Qué mejor analogía de la humanidad que los vestigios de lo inimaginable sobre las hermosas y pacíficas colinas de Taylor Mountain.
