Querido Robert Mitchum:

Robert Mitchum, ¿quieres casarte conmigo?

Te amo, te amo, escribiría tu nombre en mi diario mil veces como una colegiala idiotizada por la promesa del amor.

Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum. Robert Mitchum.

He pensado que eres el receptor más adecuado para todo lo que quiero desangrar hoy. Creo que eres el ángel a quien debo dar aviso de lo que está pasando, ¿podrás leerme desde el cielo infierno?

Robert Mitchum, que engañabas a tu mujer con la que estuviste casado toda la vida, ¿por qué presupongo en ti la lealtad de recibir mis secretos? Se rumorea que incluso le pusiste los cuernos con Marilyn Monroe, pero es que imagino que decirle que no a Marilyn puede que sea el delito más estúpido que pueda cometer alguien -aunque no te justifica, eh-.

Soy más tonta que un lápiz como canta Rebe, y siempre creo que el pasado es un paraíso perdido, seguramente fueras una persona difícil, digno misógino de tu tiempo, pero es verte en la pantalla y digo, "eso es un hombre". Que nadie me malinterprete. No por esa masculinidad ruda ciertamente performatizada: es una cuestión de entereza, de porte, de carisma. Autenticidad.

¿Qué opinarías de los machirulos que se matan en el gimnasio y hacen podcast dando consejos para encontrar a neo-amas de casa medio vírgenes? ¿Te puedes creer que se autoproclamen el adalid de hombre? Invierten en criptomonedas y se pinchan esteroides. Si te tocaran las narices en un bar ni te molestarías en pegarles porque te darían una lástima infinita. Te limitarías a reírte de ellos, como hago yo (es un match).

Mitchum, el otro día volví a ver "Cape Fear", hay meses que sólo pago Filmin para revisitar los clásicos que me hicieron feliz, no se puede tener más magnetismo fumando puros que tú. No hay un solo actor en la industria del Hollywood actual que pueda hacer algo como lo que tú hiciste en "La noche del cazador" o "El cabo del miedo", tal vez sólo Robert De Niro y por eso le dieron el papel protagonista del remake (bastante bueno, ¿verdad, abogado?). Pero no. Ya no se hacen películas así, ya no existen hombres así, actores así, actrices así, personas así.

En aquel mundo en el que las cosas eran de verdad se podía VIVIR. No había hueco para perder el tiempo. La gente, cuando no estaba trabajando, estaba en la calle, en los bares, en los bailes. Hoy mismo yo he visto 80 videos estúpidos en YouTube, "shorts" se llaman. Videos de gatos, videos de puenting, vídeos de gente en el gym, videos de recetas que nunca haré, videos que no me aportan absolutamente nada, pero te atrapan, te lo juro, Robert Mitchum, y me pregunto, ¿tú scrollearías? Están muriendo las culturas, las identidades, se consume lo mismo en todo el mundo. Recuerdo ir a Roma con mis padres con 8 años, poner la tele del hotel y flipar con lo diferente que era todo en Italia, ya ves tú, no es un país que diste tanto del nuestro. Ahora ves contenido de TikTokers italianos y bien podría haber sido grabado en Turquía, Portugal, Kansas City, ahora es TODO LO MISMO.

Tienes toda la pinta de que eras un carismático conquistador. Siempre entro en la Venencia -por sentir que Madrid no se está muriendo- con el secreto anhelo de encontrar en la barra a algún tipo como tú y enamorarnos, pero nunca sucede. Dentro de esta idealización que tengo hacia el pasado tengo la sensación de que antes había mucho más cortejo, más erotismo, más juego, más MAGIA, los hombres conquistaban, y aunque el feminismo ya ha desenmascarado esas artimañas como sibilinas, me moriré sin caer en esa dulce trampa -recordatorio: desinstalar Tinder-. 

Triunfaste un poco de casualidad, fuiste a buscar suerte a Hollywood porque varios conocidos tuyos habían ido para allá a buscarse la vida. En aquel entonces aquello era una villa de egos, creatividades y proyectos a pie de calle, era muy fácil asomarse a un rodaje, hacer contactos, enterarte de castings. En aquel mundo antiguo, ya demasiado arcaico para que podamos concebirlo consumidores de TikTok y Amazon, grandes magnates de la industria del tan cursimente llamado "séptimo arte" descubrían talento, Selzsnick vivía enfermizamente obsesionado con sus películas, con producir obras de arte, aquellos productores, obsesos neuróticos del cine que apostaban cada dolar de su bolsillo por una idea que amaban, decían quién valía y quién no porque lo sabían, veían a alguien y lo sabían, sabían desde el primer milisegundo qué mirada era arrebatadora o el carisma más despuntante y lo colocaban en la gran pantalla. Nadie se autoproclamaba César ni Cleopatra. La gente vivía esperando a que les descubriesen. Tenían esa humildad, "tienen que elegirme". Ahora esa cultura del casting, del descubrimiento y el hallazgo, ha muerto. La gente cree merecer ser escuchada, vista, amada, y se planta frente a un micrófono, frente al iPhone, los directores de castings de grandes producciones las prefieren con cientos de miles de followers que actrices de verdad. ¿Cuántos Mitchums nos estamos perdiendo por el camino por colocar frente a la cámara al influencer de turno? No habrá otra Marilyn jamás, ni otra Ava Gardner, ni otro Paul Newman, ni otro como tú, Robert Mitchum. Vamos cuesta abajo hacia una catástrofe estética y de contenido y no podemos pararlo, demasiado entretenidos con el scroll, las compras rápidas del Carrefour Express, la banalidad, la pocilga mental en la que convierten nuestras vidas diseñando sistemas de los que es prácticamente imposible escapar. Vivimos en el tragaperras del ego llamado Instagram. Yo misma, cinéfila enferma de amor al cine, tengo que hacer esfuerzos para no mirar el móvil durante toda una película, y ahora que los Doré han sido gratis he ido durante meses prácticamente a diario -hasta me conocen los revisores, les hace gracia verme cada día llegar con el aire rutinario de quien entra a su trabajo-, deberse al ritual del cine, cuando te sientas a ver una película en los Doré ni te atreves a mirar el móvil, la butaca frente a la pantalla es un conjuro, el silencio, el pacto de los espectadores de estar todos callados y a lo mismo, no he conocido jamás nada más parecido a la magia. Qué insoportable y snob puedo parecer diciendo esto, ¿verdad? Tal vez lo sea -un pelín- pero me salva. Tener fe en la belleza, en la lenta cadencia de las cosas, me salva. Ver tu cine, Robert Mitchum, me salva. Pero ya no hay ya otro como tú. Ahora pondrán en la parrilla de Netflix alguna nueva cara de morros inyectados y curvas de muñeca, o al nuevo gymbro básico que sepa quedar bien en cámara, autoelegidos, triunfantes en Instagram, cuantos más followers tengan por hacer contenido vacío, o más carne hayan enseñado, más probabilidades habrá de que les den un papel en una serie.

No hay actrices con la mirada de Bacall, no hay actores que fumen puros como tú, amado Mitchum. Para las grandes producciones eligen gente que me parece FEA aunque entiendo que socialmente se supone que es gente guapa. Gente joven que vendería a su madre por ir a un late night, gente que cree merecer la fama por su pretty privilege ante todo, gente de la que tú te reirías, Mitchum, eso yo lo sé. Gente de la que te reirías.

Muchos ya no quieren ser artistas, sino famosos. Antes había un sueño distinto: el de ser ESTRELLA. Ser estrella era otra cosa. Conllevaba misterio, secreto, mística, tener genio, ser un verdadero artista. Se soñaba con contar algo, con saber colocar la mirada, no con el aplauso inmediato sino con pasar a la historia, oh esos primeros planos del cine de Michael Curtiz, de las producciones de Selzsnick, de las infravaloradas películas de Ida Lupino, había que tener un don celestial para participar en aquello, para ser Merle Oberon, Ingrid Bergman, Laurence Olivier. Hablamos de ángeles, ¿verdad, Mitchum? Si tan solo al llegar a mi casa esta noche de los cines Doré te encontrara en mi salón bebiendo y fumando, nos podíamos tomar un whisky doble, qué otra cosa sino, escuchar tu música, que me contaras cómo era ese paraíso que se ha perdido para siempre, y el resto no puedo contarlo.