¿Cuánta gente?
Caminando del Carrefour Express a mi casa, me pregunté cuántas personas en el mundo tendrían en ese mismo instante, al igual que yo, una bolsa de rúcula en la mano. "Trescientos mil cincuenta y dos", me respondí, con un cálculo nada riguroso, basado únicamente en mi intuición y en mi cosmovisión del mundo. En mis auriculares sonaba Kate Bush.
Subí la apuesta: ¿cuántas personas en ese mismo instante en todo el mundo sostenían una bolsa de rúcula mientras escuchaban Kate Bush? El número descendió considerablemente. "Cuarenta y uno", respondí, con la misma ausencia de rigor científico. ¿Quiénes eran esas otras cuarenta? ¿Seríamos amigas si llegáramos a conocernos? ¿Se trata de una coincidencia circunstancial o tenemos realmente similitudes y, por ende, nos parecemos?
Al llegar a casa, hice un pesto triturando la rúcula con almendras, aceite de oliva y levadura nutricional. De nuevo, me asaltó la duda de cuántas personas en el mundo estarían preparando esa misma receta. "Doce mil cincuenta y seis", me respondí. Sí, o incluso más. Muchísima gente consume levadura nutricional ahora, sobre todo veganos; no sería tan raro.
Al terminar de cenar, me tumbé en la cama y escuché a Francesca Caccini mientras miraba mi póster de "La isla de los muertos", de Arnold Böcklin. "¿Cuántas personas en el mundo hay ahora mismo escuchando a Francesca Caccini mientras miran un póster de ese cuadro colgado en su habitación?". "Ninguna", me respondí. "Eso sí que solo lo estoy haciendo yo". Me dio un pequeño vértigo.
Esta tarde, en el Retiro, le planteé este ejercicio de pensamiento a mi amiga Yuriko, a la cual conocí en el primer piso en el que viví al independizarme, como si fuera un juego: "Empecemos a decir situaciones aleatorias e intentemos calcular cuántas personas están haciendo lo mismo en todo el mundo en este instante". Le pareció bien y comenzamos a proponer situaciones. En un momento propuse la premisa "merendar una tostada de pan blanco con mantequilla y mermelada y café con leche" y me adelanté a contestar que "tantas, que es más práctico hablar directamente de porcentaje de la población mundial que de una cifra", a lo que ella sabiamente me corrigió diciendo que había planteado una costumbre bastante occidental, muy probable sobre todo en el norte global, pero no lo suficientemente común en el resto del mundo como para hablar de "un gran porcentaje poblacional". Tenía razón. Me sentí totalmente blanca, como la hija de Disney Channel que soy.
Pasó delante de nosotras una chica vestida de la forma más básica posible y aprovechamos para sacar a relucir nuestra misantropía, una de las cosas que ha afianzado nuestra amistad a lo largo de los años. "Esta sí que tiene delito", dijo Yuriko. "Ya no solo hay mil millones en el mundo así vestidas, sino que, si te fijas, en el propio Retiro la mayoría va así". Nos reímos, "ya ves", le dije, y luego reparé en que Yuri y yo no íbamos vestidas de forma extravagante y cualquiera podría pensar de nosotras que somos de lo más anodino, y tal vez esa chica que nos había parecido tan básica, al llegar a su casa se come los mocos, le mola pasear a su novio con una correa por los pasillos y escucha death metal.
Sentadas en un banco como dos señoras, viendo a la gente pasar, a mi perra jugar con otros perros, merendamos un delicioso pan de centeno con chocolate de mi amada Moega y un té oolong de Tailandia, regalo de uno de mis huéspedes, que habíamos llevado al parque en un termo después de prepararlo en mi casa, Terebithia, a la salida de la Filmo (habíamos visto la fantástica "Piel de Asno", desde luego extraña y llena de personajes, viniendo al caso, en situaciones impensables y extraordinarias).
"Te diré algo", le anuncié, "dime cuántas personas en el mundo hay ahora mismo comiendo pan de centeno con chocolate negro y bebiendo té oolong en un parque con su antigua compañera de piso". "Puede que solo nosotras", respondió. Y me di cuenta de la cantidad de situaciones realmente únicas e irrepetibles que vivimos todos en nuestro día a día sin darnos cuenta, la cantidad de veces que estamos teniendo un pensamiento que nadie más tiene, haciendo una combinación de cosas única que nadie más está reproduciendo, ¿no es eso realmente lo que nos diferencia de los animales? ¿La singularidad? Ya lo dijo Ortega y Gasset: un tigre nace siempre un primer tigre, pero un hombre jamás nacerá Adán.
Las copas de los árboles vibraban, agitando un destello dorado. No dijimos nada durante un rato mirando aquel glorioso espectáculo de la naturaleza. Cuánto nos parecemos los seres humanos entre nosotros y, a la vez, qué difícil es a veces encontrar nexos comunes, y cuánta felicidad supone hallarlos.
La acompañé a casa y después Greca y yo volvimos por el Paseo de la Infanta Isabel a Terebithia. Me pregunté por el camino si la extrañeza o excentricidad de alguien puede medirse por la cantidad de acciones peculiares e irrepetibles que acumula en su día a día, o si, en el fondo, todo ello es circunstancial e irrelevante y no son los hábitos el verdadero termómetro de nuestra extravagancia, sino la forma original en que pensamos el mundo junto con nuestras grandes decisiones, las que de verdad determinan un rumbo diferenciado en una vida. ¿Es acaso la excentricidad una decisión? Al pasar por un bazar me compré unas pegatinas de mariposas y un pothos blanco. Mi mente ya no podía parar de preguntarse lo mismo, "¿cuántas personas en el mundo acaban de comprar la combinación de un pothos blanco y pegatinas de mariposas?". Pensé en cuánto influye, en eso de hacer cosas aleatorias, únicas y peculiares, el propio hecho de vivir en un sistema en el que todo tipo de productos e inventos están a la venta y al alcance de nuestra mano. En este mundo de bazares y supermercados, donde las posibilidades se multiplican, resulta mucho más fácil acabar teniendo combinaciones de cosas que, estadísticamente, reducen su probabilidad de ser repetibles y más aún de forma simultánea.
Ahora, escribiendo esto en el sofá de mi casa, con mi perra roncando a mi lado, me pregunto de nuevo -ya canso, perdón- cuántas personas en el mundo estarán escribiendo en su blog. "Un millón y medio", me respondo. "¿Pero sobre este tema?". "Ninguna", concluyo. Y es extraño y mágico al mismo tiempo.
You know I've got a strange magic.



