Viena Capellanes: una distopía

Estoy en un Viena Capellanes de Madrid. Esta cadena ha decaído mucho. Cuando iba con mis abuelos de pequeña todo tenía calidad. Ahora todo es rápido, funcional, la comida viene congelada en plásticos. Abaratan costes y encarecen costos. Se supone que he venido a este lugar, ahora impersonal, para concentrarme y trabajar con el ordenador pero, como siempre, me hallo sobreestimulada. Me distraen las parejas de viejos que vienen a comer el menú del día. Según llegan los platos a las mesas todo se inunda del mismo olor que el de la comida de los aviones. Salsa, mucha salsa marrón híper-condimentada, desprendiendo un efluvio cárnico y demasiado denso para este calor insoportable que convierte Madrid en una parrilla.

Nunca he comprendido el nombre. "Viena Capellanes". Tiene algo místico, una personalidad arrolladora. Siempre me ha parecido un nombre estupendo para una señora,

-¿Cómo se llama usted?

-Me llamo Viena. Viena Capellanes.

Pero busco en internet, y resulta que viene del pan vienés, pan de origen austriaco que en el siglo XIX llegó a Madrid como una "novedad exquisita". Lo importaron con técnicas de horneado distintas a las españolas, más suaves, más refinadas. Y lo de "Capellanes" hace referencia a la antigua calle de los Capellanes, donde se abrió una de las primeras panaderías de esta cadena. En su día allí vivían los capellanes del monasterio de Las Descalzas Reales.

¿Cómo voy a concentrarme en esta imitación de la vida? ¿En esta imitación del antiguo Viena Capellanes? Sí. Todo se está empezando a convertir en la imitación de sí mismo, en la sombra pálida del esplendor que alcanzó antaño, cuando importaba la calidad, cuando importaba que las cosas fueran de verdad. Me quiero pedir una ensaimada (sin cabello de ángel, por favor), ni siquiera sé si las siguen vendiendo, y además me aterra descubrirla falsa, descongelada; descubrir que no tiene ese sabor que tenía cuando era niña, el sabor de las cosas con sustancia, que se hacen con mimo, que se ofrecen para generar comunidad. Ahora todo quiere generar imperio mercantil. Nada importa más que los números. Todo en nombre de un progreso que sólo entiende de beneficios en nombre de la libertad de mercado. 

Finalmente sólo me pido una Coca-Cola Zero. Sí. Coca-Cola es una empresa terrible, vinculada incluso con el genocidio inenarrable que están cometiendo en Palestina. Lo sé. Y aún así, la pido. Hoy hace demasiado calor y carezco de capacidad de sacrificio. Quiero una Coca-Cola bien fría y no pienso aguantarme las ganas. Quiero destapar la felicidad.

Al final del local hay anexado un puesto de helados llamado "Bico de xeado". No entiendo ni qué significa. El logo es minimalista. Impersonal. Como todos ahora. A mi izquierda, algo denominado "el rincón saludable" ofrece cosas supuestamente sanas. Verdes. No sabía que se venía al Viena Capellanes a ganar en salud. Pensaba que se venía por el trémulo deleite de llenarse las manos de grasa y la sangre de azúcar.


Un hombre, batallante del ruido del mundo, envuelto a su vez en el ruido eléctrico de las diez neveras que hay aquí encendidas, lee el periódico con un entrañable sombrero beige. Le dibujo. Y no lo sabe, pero batallo con él.

(abajo, otro dibujo que he hecho aquí)


distopía



la comparación de estas dos imágenes habla por sí sola. sí, ya hablo como la típica señora de "todo tiempo pasado fue mejor", pero tengo dentro de mí una identidad de señora madrileña mayor que no entiende en qué está degenerando el mundo.


y acabo esto denunciando el falso despintado de las sillas como imitación industrial de lo rústico, colofón de todo este desastre