ALTA COSTURA

De pequeña siempre pensé que la moda era cosa de pijas, de bobas. Siempre que veía una serie, la chica mala y popular era una adicta a la moda, y desde el equipo de guion enfatizaban su estupidez cada vez que hablaba de su ropa. He llegado a pensar que comprar la Vogue era una de las nimiedades más estúpidas que podía hacer alguien. La misoginia adopta formas crueles: educar desde el odio a lo cursi, a lo estereotípicamente femenino, desde la humillación paródica de todo lo que se revista de rosa y purpurina, es un poderoso tentáculo del machismo.

He llegado a presumir de "me pongo lo primero que pillo", frase que siempre han aireado los hombres, como si al decirla pudiera bajarme del barco de carga estética que llevamos las mujeres; me pongo "lo que pillo y ya", como si fuera un triunfo salir de casa como si te hubiera vestido un daltónico. Si bien la alta costura mueve millones y ha conseguido posicionarse como uno de los epicentros estéticos a nivel mundial, nunca ha alcanzado el grado de glorificación que sí han logrado los deportes como el fútbol, perteneciente a ese "mundo masculino", ¿por qué? Porque siempre se la ha asociado a lo femenino, esto es: con algo de grado inferior.

¿Cómo iba a ocupar un desfile de Dior el prime time televisivo, si se trata de colocar a las modelos como diosas desfilantes, portando prendas de otro mundo, diseñadas mayoritariamente por maricones? ¿Hay algo que sacuda más el statu quo que hombres que no sexualizan a las mujeres vistiéndolas como deidades? ¿Qué puede entender un heteruzo básico del desfile de temporada de invierno de John Galliano para Dior en 2009, donde un despliegue de hadas estelares y plateadas bajaron de una nave extraterrestre para sacudir los cimientos de la moda?

Nunca me había permitido navegar demasiado en el mundo del diseño de moda. "Bah, eso es para básicas, para superficiales, es ropa, sólo ropa, ¿qué interés tiene?"... y ahora me doy cuenta de mi propia misoginia interiorizada; de que la alta costura no es un negocio de "mera ropa" para entretener a las chicas, sino que es el arte del juego de la identidad, ya que los grandes diseñadores no diseñan meras prendas, sino que proponen identidad, porte, proclamas que lanzar al mundo al portarlas. La alta costura es un imperio vanguardista; no es sino surcar universos estéticos a lo largo de la historia y del mundo para destilar un perfume de tela que performar. La alta costura es arte: plantea nuevos universos estéticos con el cuerpo como escultura viviente, casi como en una danza; es arte por su capacidad de innovar, de conmover, de expresar sensibilidad y desbordar creatividad. Pero también lo es porque sacude al espectador, lo interpela, lo desafía, le pregunta "¿te atreverías a salir así a la calle?" y, aunque parezca una tontería, no: casi nadie se atrevería, ¿quién sería suficientemente valiente como para salir así al mundo? Los más llanos te dirán que no se atreven porque es ridículo... y ¿no es acaso arte en sí mismo aquello que casi nadie es capaz de entender? ¿No es arte plantear un enigma estético?

diseño de Therrty Mugler año 97

Jean Paul Gaultier, spring 1998 

¿No es sospechoso que el desfile más famoso del año sea el que precisamente usa la moda como excusa para desfilar a las mujeres sexualizándolas? ¿No es curioso que el acontecimiento más mainstream de la alta costura sea uno que "da para paja", que es sexy, y que como buena propaganda capitalista traumatiza a las niñas que lo ven porque entienden que nunca serán así pero, sin embargo, terminan dedicando su vida a intentar serlo? Sí. Hablo del maldito Victoria's Secret Fashion Show. Un abrazo a mi yo de 12 años que lo veía en Youtube y luego se iba corriendo al baño a mirarse la tripa en el espejo imaginando lo "guapa" que estaría si dejase de comer. No desarrollé un TCA de milagro.

Lo valiente, transgresor y feminista no salta a la televisión mainstream si no es como mercancía de sí mismo. Lo estéticamente extravagante y subversivo no da para paja. Vivienne Westwood no da para paja; ella, la mujer que en el Londres de los años 70 comenzó a vestir como nadie lo había hecho antes, cimentó con su estilo propio la estética de lo punk. En su tienda SEX, que abrió en King’s Road, vendía ropa provocadora, anticapitalista y deliberadamente fea, que sería adoptada por grupos como los Sex Pistols. McLaren fue el manager del grupo, pero Westwood la responsable de su estilo. Y, como pasa con tantas otras cosas, la historia recuerda al punk como territorio de hombres, cuando no habría existido sin ella. Lo mismo que ocurre por ejemplo con la cocina: cuando una mujer cocina, se asume como deber; cuando lo hace un hombre, es un chef. Con la moda pasa igual: cuando una mujer se viste de forma excéntrica, es una loca; cuando lo hace un hombre, puede autoproclamarse artista, vanguardista, punk

A la derecha, Vivienne Westwood 

A mujeres transgresoras como Vivienne Westwood les debemos el mundo; y a Galliano que luchó desde su infancia por sobrevivir al bullying, que reinventó la moda con desfiles teatrales donde el cuerpo se convertía en mito; a Alexander McQueen, que convirtió el dolor, la rabia y la belleza de la oscuridad en arte; a Jean Paul Gaultier, pionero de lo queer en la moda, que se atrevió a jugar con el género, el fetichismo y el exceso cuando todo era rigidez estética y binarismo. Gracias.

Vivienne Westwood

Si glorificáramos todo lo que pertenece al universo culturalmente codificado como femenino tanto como lo hacemos con lo masculinizado, ciertos desfiles de moda de los 90 serían recordados como acontecimientos históricos clave. Y no, no exagero; no debería parecernos improcedente elevar a esa categoría un momento estético profundamente elaborado, como la revolución estética que provocó Westwood, cuando llevamos décadas mitificando a Maradona por meter un gol con la mano. La mano de Dios, lo bautizaron, y eso que fue azaroso. Un hombre hetero a veces sólo necesita rozar con los dedos una pelota para convertirse en Dios. ¿Pero las colecciones de Westwood, que reconfiguraron el cuerpo, la belleza y el lenguaje visual de toda una época? Eso lo seguimos mirando como frivolidad. Ah... el mundo ES de los hombres. Y ojo, no me parece mal que el fútbol mueva masas, que a la gente le haga feliz, y sé que Maradona es un icono y no puedo llegar a entender cuánto ha influido en la vida de tantos chicos, y bienvenido sea, pero joder, ¿no es desproporcionado el lugar en la palestra cultural que ocupa lo masculino frente a lo femenino...? ¿No tiene acaso Westwood también -o más aún- una mano de Dios?

Hubo un tiempo en que Haute Couture significaba rebosar texturas, valentía, riesgo, carácter. En el imaginario popular han minimizado la moda a un ejercicio superfluo cuando no es sino proponer a las mujeres (y hombres, claro, pero aquí me estoy centrando en la moda femenina que fue la reinante en los 90 y 00's) como epicentro de una vanguardia viviente, como protagonistas de una subversión performativa. Hubo un tiempo en que los diseñadores/as se atrevían a ser estrafalarios porque no debían contentar a una masa algorítmica que se asusta con lo diferente, y casi diría: con lo mágico.

Jean Paul Gaultier, spring 1994
Vivienne Westwood autumn/winter 1995
Christian Lacroix Haute Couture 1996
Alexander McQueen 1998

¿Quién se atrevería a decir que esta imagen de un desfile de McQueen no está a la altura de una obra de arte?

Estamos en decadencia. Cuanto más impersonal, mejor; cuanto más trendy, mejor; cuanto más básico, mejor. La gente ya casi no lleva ropa hecha a mano, personalizada, con estilo propio; ahora se compra todo por toneladas en Shein. Y podrán decirme que “la ropa hecha a mano o de diseño es demasiado cara”, pero ¿acaso nuestras abuelas no vestían con prendas confeccionadas a medida, bien cosidas, duraderas, y daba igual su clase social? Si hoy eso se percibe como un lujo es porque lo hemos convertido en uno, lo hemos relegado a lo raro, lo excepcional, cuando antes era lo único que existía. 

Recuerdo hace años ver en un programa a Anna Wintour hablando de cómo las Kardashian estaban generando tendencias monocromáticas, sportie, y se echaba las manos a la cabeza, diciendo que aquello estaba lejos de todo lo que había concebido como verdadera moda; Wintour, que tiene una clase que no podemos llegar a entender, por supuesto demonizada como buena mala mujer, que ha estado en primera fila acudiendo a la vanguardia de la moda que se estiló de los ochenta a los 2000, ha tenido que ceder finalmente a darle la mano a las nuevas famosas estrellas para poder seguir vendiendo ejemplares, no le quedaba otra que aceptar las vacuas tendencias de hoy en día. Ha tenido que actualizarse en una era en la que, hacerlo, significa decaer. 

Anna Wintour hasta el moño de todo me representa

Si ves desfiles de los 90 y los 2000, las grandes marcas arriesgaban: las modelos salían a la pasarela llevando sombreros imposibles, volantes que bailaban a cada paso, combinaciones de estampados y texturas coloridas, floridas, cuadradas, obtusángulas, ridículas pero bellas. Era el juego de lo inimaginable. ¿Pero hoy? Casi todo se ha simplificado. Los últimos desfiles de Dior han sacado a la palestra prendas llanas, poco arriesgadas, descafeinadas. Son una respuesta a la tendencia monocroma e impersonal, a la industrialización de la ropa y, por ende, de la identidad. El juego ya no es ser alguien único, sino amalgamarte con la masa, es decir, convertirte en una fotocopia de catálogo de ASOS. Por ejemplo, en España, ¿qué podemos esperar si uno de los grandes referentes de moda es Dulceida? Perdón que me ría... Lo mismo pasa con los nuevos locales que plagan las ciudades: cada vez más franquicias, paredes blancas, cuadros de Pinterest, tazas falazmente deformadas como si hubieran sido modeladas a mano. Adiós al eclecticismo, a lo personalizado, en definitiva, a lo de verdad. Incluso las fotografías de aquellos desfiles eran de verdad y no digitales, como las de ahora; tienen una textura material. Las miro y me pregunto si ya pertenecen a un mundo de una calidad tangencial que no volverá.

1994 Christian Lacroix
Gemma Ward at Alexander McQueen, Spring 2005 (ahora parece que lo más cerca que podemos estar de una imagen como esta es a través de la IA... #lloro)

Viva la originalidad, la extravagancia, hacer una declaración de intenciones con la ropa que llevamos, perder el miedo al ridículo y crear todo un universo estético que nos ayude a descubrir quiénes somos.

La moda es un termómetro de la sociedad, porque es inevitable: es nuestra seña de identidad, por mucho que reneguemos de ello. Nada va a hablar más de nosotros que la ropa que llevamos; es nuestro código de barras. No somos lo que comemos: somos, en realidad, lo que vestimos.

PD: Os dejo mi link de pinterest con mi colección maravillosa y mágica de fotos de moda:


Y esta fantasía de muchachada nui parodiando a Galliano que me parece desternillante y me recuerda que no siempre hay que tomarse todo tan en serio