ROTONDA


—Él acababa de aprender a conducir. Le hacía mucha ilusión. Vivimos en la periferia y hace falta coger el coche para todo, como en "los Estates". Nunca tuve fe en que fuera un buen conductor. Siempre fue muy despistado. Sin embargo, como premio por haberse sacado el carnet después de mil exámenes suspensos, yo misma le compré el coche, un Ford de segunda mano azul. Era un jueves por la tarde y volvíamos del Leroy Merlin. Yo iba de copiloto, orgullosa de verle al volante. Recuerdo que en la radio sonaba Kiss FM y acababa de saltar una de los Pet Shop Boys. Al llegar a una rotonda giró donde no debía y un camión se llevó por delante el Ford. El volante le atravesó el abdomen. Murió delante de mí. Yo quedé intacta, ilesa, ¿lo puedes creer? Ni un rasguño. Pero él se partió en dos. Le vi nacer, le vi morir. No tiene sentido, ya lo sé, aunque en el fondo suena como algo que tiene todo el sentido del mundo. La ambulancia no tardó en llegar pero ya fue tarde. Tengo ese olor a hierro incrustado en la nariz, el olor a hierro que tenía su sangre. Su sangre me bañó entera. Parecía Carrie, ¿tú has visto la película de Carrie? Pues igual que Carrie cuando está bañada en sangre, solo que gorda y vieja. Así me encontraron. Cuando llegué al hospital la sangre de mi hijo sobre mi piel se empezaba a secar formando escamas rojas. Cuando las enfermeras me quisieron limpiar grité rogando que no me tocaran. Quería que mi piel absorbiera su sangre, que era la mía. Cuando me limpiaron le perdí para siempre. Si por mí fuera, desde el accidente, no habría vuelto a ducharme. Intenté tirarme por la ventana del pasillo de urgencias pero no podía abrirse. Acabé estampando mi cabeza contra la pared intentando abrírmela y tuvieron que inmovilizarme. Al final sólo conseguí que me saliera un chichón horroroso. Y, ¿cuál era la pregunta? Ah, sí. Pues eso, que por esto no cojo el coche, ya sabes, el trauma. Somos de cajón, ¿verdad? De cajón. Voy andando a todas partes, o sino cojo un taxi, ¿tú conoces a alguien que se haya matado en taxi? Porque yo no. Como que el taxi no cuenta, ¿verdad? Es un coche que va aparte del resto de coches. Los taxistas conducen muy bien, incluso los de los cubifais y todas esas aplicaciones del móvil. Las cenizas de mi hijo las tengo en la mesilla de noche. Todos los días, antes de dormir, le cuento qué tal ha ido mi día. Sé que me oye. Dentro de esa urna, entre las cenizas que son grises y suaves como un gato persa, hay un trozo de su alma que me escucha y aún me quiere y se alegra de que le tenga puesto en la mesilla de noche. ¿Que qué hacíamos en el Leroy Merlin aquella tarde? Buscar tablones de madera para hacer una cuna. Sí, iba a ser padre. Mi nieto ya va a pasar a bachillerato. Ya quiere sacarse el carnet. Le ruego a su madre que no le deje coger un coche en la puñetera vida, pero es que la madre es tonta y nunca nos hemos llevado bien. Mi nieto se parece tanto a su padre. Por eso a veces no quiero verle. No puedo. Y bueno, se entiende que no he vuelto a ser feliz. Cuando algo así te sucede, ser feliz te parece un insulto para el difunto. Hay algo más fuerte que la felicidad: la tristeza. Voy a estar triste para siempre. La tristeza es una veladura azul y fría que tiñe el mundo de una insoportable dulzura. Qué cosas digo... sí, claro, entiendo que tenga que irse, ¿hablo demasiado? He debido aburrirle con mis desgracias. Qué tonta soy. ¿Quiere un caramelo? ¿No? Usted se lo pierde. Llevo siempre en el bolso caramelos de café. Son mis favoritos. Ese día llevaba también. Le ofrecí un caramelo justo en la puñetera rotonda, alargó el brazo para cogerlo y... sí, mejor váyase. Váyase a la mierda.