Caleido: un no-lugar

Esta entrada estaba en borradores. La escribí en julio de este año. Dicho esto, allá va:

Me encantaría llamarme Salamandra, pero ese es otro tema.

Hoy vengo a contar que estoy en Caleido, esta especie de centro comercial ajardinado que han plantado entre las mastodónticas cuatro torres de Madrid. He tenido que venir aquí por cuestiones que no vienen a cuento, y ya que estaba con el ordenador he decidido ponerme a teletrabajar en un Starbucks; después de darles un riñón por un frapuccino (o como se escriba) que sabía a café quemado me he sentado aquí, en la terraza. Y me he sentido en el cielo. JAJAJAJAJA


Mirad esta torre, ¿no es el monolito de Odisea en el espacio?

Adoro los no-lugares que los llamaría mi amado Marc-Augé, quien los definió como espacios intercambiables donde el individuo permanece anónimo. Él desarrolló este marco teórico en lo que llamó la antropología de la sobremodernidad, concepto que desemboca siempre en el exceso. Según Augé, la sobremodernidad es productora de ‘no-lugares’, es decir, de espacios que no son en sí lugares antropológicos y que, contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos. Usualmente los no-lugares no componen sitios marginales, abandonados, vacíos o degradados, sino espacios de circulación y consumo en los que la relación entre personas es anónima. Una ciudad moderna acaba convergiendo en sí misma en un no-lugar contranatural, superficial y de carácter transitorio, proyecto impulsado por un capitalismo neoliberal que es, per se, anarquismo económico.

No-lugares son, por ejemplo, medios de transporte, grandes cadenas hoteleras, centros comerciales (como es el caso que nos concierne, Caleido), supermercados o áreas de descanso... El sujeto no vive allí y no puede apropiarse de dichos espacios, con los cuales hay más bien una relación de consumo o tránsito. Bien, entendido esto, este sitio es un no-lugar de pies a cabeza. De planta a azotea. Este centro comercial podría estar en Frankfurt, Corea del Sur, en la periferia parisina, en Orlando o en Johannesburgo (si sigo no paro). No tiene identidad. Pretende ser inofensivo. Universal dentro de los parámetros de consumo que el capitalismo ha decidido que son "confortables". La zona, para colmo, es ajardinada. No hay nada inocente en ello. Quieren que te sientas arropado por un manto verdoso y húmedo, desean que deambules por ahí como si estuvieras en el cielo de los centros comerciales. Y ello me seduce. Sí. Lo han conseguido. Entro aquí y estoy en paz. El mundo ha quedado congelado. Estos no-sitios tienen entidad de aeropuerto, parecen la escala entre tu estado actual y un prometedor destino.

En concreto Caleido, este vértice entre parque empresarial y centro comercial que parece un Faunia de humanos modernos, es el no-lugar más no-lugar en el que he estado jamás. 


Hay hasta seudo invernaderos, y todo, donde sentarse a tomarse algo y disociar deliciosamente.

Hay muchísimo oficinista hetero blanco que se cree Patrick Bateman y es simplemente desternillante. Como zoo humano de la banalidad del pijo medio este lugar es un 10.

Para mí, clase proletaria, este no-lugar es un aglomerado de tiendas donde mirar todo lo que no puedes permitirte, música de ascensor, gente de la "basiquez" más insondable saliendo del trabajo a tomarse un matcha latte y a hablar de las mundanidades más planas que puedas sospechar. Deben creer que han llegado muy lejos en la vida cobrando un buen puñado a cambio de dejarse más de la mitad de horas que tiene el día en trabajar para empresas que jamás serán suyas. Es increíble. Se lo han creído todo. Apuesto a que nadie de los que salen de "currar" de estos rascacielos ha ido a una universidad pública. Mínimo tienen un máster de la privada. UN PUTO MBA, Y luego se llenarán la boca hablando de ME-RI-TO-CRA-CIA. Luego son los que dicen que en España no trabaja el que no quiere.

Paseando por los liminares pasadizos de Caleido he pensado que yo querría morir aquí. Si algún día tuviera que tomar la eutanasia citaría a todos mis amigos en el Starbucks de Caleido para sentir que todo ha salido bien. Que el mundo es un lugar bello y sin identidad donde no existe el mal. Querría quedarme aquí atrapada en plan Tom Hanks en "La Terminal". Caleido es un lugar que me provoca cosas parecidas a Marina D'Ore. Son paquetes de apariencia de felicidad, te venden una experiencia de ocio artificial, y están velados por una sombra siniestra que los hace terriblemente atrapantes. Todo aquí es una trampa para que consumas. Sin darme cuenta me he gastado 30€. Y juro que he creído ser feliz mientras lo hacía. Me da pena irme y volver a la realidad.

Este ratito que he estado aquí escribiendo he leído también a Passolini. ¿No veis lo underground que soy? ¡Já! Sí: me he sentido orgullosa de ser, seguramente, la primera persona que lee a Passolini sentada en el Starbucks de Caleido. Qué maravilla ignorar durante un breve instante que soy el mismo insecto que cualquiera de mis compañeros de especie, que necesito comer para no morirme, que tengo miedo a la muerte y que un centro comercial consigue ser una zona de confort, un maravilloso no-lugar para mi manipulado, maleable, condicionado cerebro de homo sapiens sapiens antinaturalmente civilizado.


BESOOOOOOOOOOOOOOOOOOSSS